Oración profética, Ezequiel 37 (folleto)
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Introducción
En este libro presento la experiencia adquirida durante muchos años de oración interior. Este modelo particular es solo una especie de marco o base. Si, por ejemplo, una comunidad contemplativa (monasterio) o un grupo de laicos celosos lo ponen en práctica, se desarrollará con el tiempo. A través de las verdades y la experiencia contenidas en este modelo de oración, el Espíritu Santo iluminará a todos los que rezarán (profetizarán), llevándolos a su propia purificación profunda y a una comprensión más profunda de la esencia de la Escritura. Para tener tiempo suficiente para acallar el corazón y concentrarse, esta oración requiere no menos de una hora, o una hora y media en el mejor de los casos: arrepentimiento, renuncia y confesión de fe, aproximadamente 5 minutos; primera parte (profetizar a los huesos): 20 minutos, gestos y movimientos; segunda parte (profetizar al Espíritu): profetizar hacia cada punto cardinal, 15 minutos hacia cada lado; canción al final: 5 minutos. Si una comunidad religiosa dedica dos horas a este servicio profético de oración, y reza o camina en fe diariamente a través de este marco probado al menos durante un año, adquirirá el hábito necesario (habitus: cualidad adquirida, disposición permanente). Nos podemos saltar uno o dos días a la semana. Podemos rezar juntos o solos si no hay posibilidad de orar en comunidad. Cuando rezamos juntos, una persona dirige la oración en voz alta, presentando así las verdades individuales, y los demás se unen a ellas por fe. La oración no debe ser rápida ni demasiado lenta. Idealmente, el animador debe aprender esta oración de memoria para que pueda experimentar las palabras pronunciadas por él mismo. De este modo, él ayuda a toda la comunidad a mantener el ritmo correcto. Este es un principio muy importante para que —viviendo la palabra y la unidad del espíritu— todos puedan permanecer en la fe, sumergirse en la verdad determinada y unirse con ella.
La exigencia del Evangelio es: «Echad fuera demonios, resucitad muertos» (Mt 10, 8). La oración profética según Ezequiel 37 consiste en resucitar a los espiritualmente muertos, «revivir» la Iglesia renegada. ¿Cómo debemos hacerlo de acuerdo con los principios espirituales del Evangelio? Debemos hacerlo en el nombre de Dios, en el nombre de Jesús —Yehoshua—. Las siguientes páginas explican cómo entrar en el santo nombre y en el misterio de este nombre. Al mismo tiempo, aceptamos el testamento de Jesús: Su Madre, a quien nos dio antes de Su muerte. También se explica aquí cómo realizar el exorcismo, es decir, echar fuera demonios: con María y a través de María. Somos llevados al misterio de la unidad con la Madre de Jesús, como lo enseñó San Grignion de Montfort. Además, somos llevados al misterio del corazón nuevo (Ezequiel 36, 26), el testamento de la cruz. La expresión bíblica «la nueva Jerusalén», que es la morada viva de Dios entre los hombres, también se refiere a la Santísima Virgen María. La presencia de Dios se ve acentuada por la imagen de la columna de luz y fuego (Ex 14).
En esta forma de oración, hacemos gestos repetidos que evitan la distracción en la oración y son una expresión de humildad y fe. La oración señala el pecado en nosotros —la fuente del mal— y enfatiza el sacrificio de Cristo Jesús en la cruz, particularmente a través de Sus palabras: «¡Eloí, Eloí!». Estas palabras reflejan la lucha espiritual y mental más dura que ha afectado tanto el mundo visible, como el invisible (espiritual). También experimentamos la profundidad de las últimas palabras de Cristo en el momento de Su muerte y nuestra unión con ellas a través del misterio del bautismo. Profetizar al Espíritu con una demanda para que los espiritualmente muertos revivan, se realiza en estrecha unidad con la Madre de Jesús y nuestra Madre. Un mayor espacio de tiempo dedicado a la oración es necesario para acallar el corazón y conseguir la unidad de la fe a través de la cual obra la omnipotencia de Dios. Esta oración es verdaderamente profética, pero también es una base para la verdadera misión. Desde el principio se nos alerta de la batalla espiritual con las fuerzas de la oscuridad.
